¿POR QUÉ A MÍ? XXVI SEMANA GALENO

¿POR QUÉ A MÍ?

Emilio García Criado

 

Aquella fría mañana de enero cambiaría mi vida. Tres meses antes, había celebrado mis sesenta cumpleaños rodeados de los míos. Nada hacía sospechar el regalo que el destino me tenía guardado.

Todo comenzó con un leve dolor de garganta, unido a unas molestias al tragar. Me extrañó que esta situación durara dos semanas. Cuando empecé a notar dolor en el oído y palpé un pequeño ganglio bajo la mandíbula izquierda, se encendieron todas las alarmas. Sospeché que algo no iba bien. Tras treinta y cuatro años como médico de familia es más fácil valorar algunas situaciones de riesgo. Compartí mis temores con compañeros que restaron importancia al proceso. —Hace frío y acabas de pasar una faringitis, seguramente sea algo residual—, me dijeron con la mejor intención. Tenía una mala premonición.

Desde hacía tiempo, había dejado parte de las actividades laborales externas intentando ganar vida y ocio. Esta decisión estuvo alimentada por la pérdida de algunos compañeros, el estrés laboral y el cansancio acumulado tras años de guardias y consultas. Había llegado la hora de prepararme para la jubilación. Los años venideros, los dedicaría a disfrutar más la vida familiar y social.

El siguiente pensamiento, tras controlar la angustia, la incertidumbre de lo desconocido y el miedo, fue recabar información de buena calidad, que me pudiera reconfortar. En el más absoluto de los secretos, llamé a un buen amigo, otorrino. Con su dilatada experiencia solventaría mis dudas. Un día después me citó y tras explicarle los síntomas y explorarme, permaneció de pie, frente a frente, como en un duelo del oeste. Estaba tenso, atento, era mucho lo que me jugaba. Se hizo un silencio, roto por su gesto. Frunció el ceño. Nunca olvidaré su expresión. Aquella reacción confirmaba mis sospechas. Desde ese momento hasta que llegó el informe telemático de la Resonancia Magnética que me solicitó urgente, pasaron tres días. Pensaba en mi familia y allegados y sentí la necesidad de ser fuerte para compartir la noticia. Siempre quedaba una puerta abierta a la duda, la que hace que cualquier situación puede revertirse por mala que sea. Me inundó un sentimiento difícil de explicar.

Todos los años de profesión y trato con enfermos graves, deberían hacerme sobrellevar con cierta naturalidad, la situación actual. Esta actitud que tantas veces intenté inculcar a mis pacientes se convirtió en una bandera que enarbolé desde ese momento. Me preocupaba pasar de ser un espectador, a intentar llenar los vacíos que tienen los enfermos. La tarde del lunes, mientras pasaba consulta médica, en un hueco miré el móvil. El temido y esperado informe radiológico estaba en la bandeja de entrada. No tengo palabras con las que poder expresar el sentimiento que sobrevoló mi mente, en el corto tiempo que pasó entre leer y asimilar el diagnóstico. La peor de las sospechas se convirtió en realidad. ¿Por qué a mí y ahora? Con la frialdad de un glaciar, me replanteé la situación. Tras respirar hondo y pidiendo al siguiente paciente que esperara un momento, me dije: te pueden quedar dos años de vida: empieza a disfrutarlos.

Recuerdo los primeros gestos y palabras como un fuego que quisiera erupcionar del volcán interior donde brotaban mis sentimientos y miedos. Comencé a organizar mi mente para la tarea más dura: compartir lo que me ocurría.

Carcinoma o un proceso maligno. Ambas expresiones, aun siendo sinónimas, no eran interpretadas con la misma claridad que la palabra cáncer. Debía hablar sin miedo. Ese sería mi primer compromiso. El segundo buscar apoyo psicológico. Como profesional que había dado durante años malas noticias, me sentía obligado a saber ejercer de paciente. Pero esa premisa era falsa, cuando lo que estaba en juego era tu vida.

Desde mi adolescencia fui arrojado al océano de la existencia y aunque crecí bajo el amparo de mis padres, siempre supe adaptarme al bravo oleaje del destino. Ese mismo que, en esta ocasión, podía provocar mi naufragio. Inicie la singladura por el mar de las dudas, acompañado de la mejor tripulación. Mi familia y amigos fueron los grumetes, siempre atentos a cualquier cambio de rumbo, pero una idea continuaba resonando en mi interior. No era justo, ¿por qué las corrientes eran mansas para otros y tormentosas para mí? No quería obcecarme pensando en la injusticia y culpar solo a la marea de mi desdicha. Intentaba analizar dónde me equivoqué. Como si todo en la vida tuviera explicación.

Son esos los momentos que confirman que somos muñecos sometidos a un destino caprichoso. Me preguntaba: ¿hay un sino fijado para nosotros o lo forjamos con nuestras decisiones? Estamos toda la vida haciendo planes, buscando metas y esforzándonos en triunfar, y al final llega un golpe de mar y todos los estantes se desordenan. La travesía había comenzado. La primera parada, Puerto-Hospital.

Lo esperaba hostil y frío. Sin embargo, desembarqué en un lugar acogedor, lleno de profesionales que me aportaron calidez y seguridad, sin renunciar a asumir la responsabilidad de informar y tratar. Aquel equipo multidisciplinar formado por otorrino, oncoradioterapeuta, oncólogo, endocrino, enfermeras y un largo etcétera de profesionales calificados, serían, durante largo tiempo, parte de mi vida. Transmitían ánimo y tranquilidad para no zozobrar. Regalaban sonrisas ante las miradas temerosas, conocimiento frente a las dudas terapéuticas y el mejor de los abrazos como respuesta a cualquier noticia dura. Pero no todo iba a ser navegar con calma chicha. A veces, la tempestad arreciaba y el tiempo pasaba en un ir y venir de consultas médicas y horas de espera en camarotes, individuales o compartidos. El tiempo, ese gran justiciero, me susurraba: sé dueño de tu dolor, no me malgastes. No te ajustes a lo que esperan los demás. Hazlo a tu manera.

En las largas horas de estancia en la sala de quimioterapia, pensaba: lo que tenga que ser, será, pero pon el corazón y las entrañas en ello. Lucha por tu vida. No te pierdas en la nostalgia de lo vivido. Viste tu desnudez, busca en las baldas una nueva ropa, algo que llevar más allá de lo vestido. La radioterapia diaria se convertía en un oscuro túnel. El rugir del motor movía la cúpula de mi universo. En el interior algo me decía: no esperes la respuesta en la mudez de los espejos, mueve las manillas del reloj que te apuran; cambia la rutina que te adormece y te consume; prepárate para sanar cicatrices físicas y mentales. Todo es pasajero.

Tras la primera parada, llegaron otras. Rodear la Isla Desesperanza; un duro paso por el Estrecho de la Templanza para avituallamiento; visita al Cabo Fortaleza, etc. Atrás quedaban las caricias silenciosas con poder curativo de mi mujer. Las llamadas de apoyo y lágrimas contenidas de mi hija y demás familia. Los paseos sujetos al brazo juvenil pero fuerte de mi hijo, que me ayudaba a seguir luchando, y un ir y venir de amistades deseándome lo mejor, respetando mis tiempos. Varios años después he llegado al final del recorrido, Puerto Curación. Las troneras de la ilusión que lo flanquean se elevan parar disparar salvas de alegría.

Puedo continuar la vida, exprimir cada segundo recibiendo el regalo de otra oportunidad. Ahora dejo anclado mi bergantín con las cartas de navegación. Quedan a disposición de quien lo precise y tenga que iniciar su particular travesía. Llevaré con orgullo las cicatrices que, a modo de tatuajes, me recordarán las batallas libradas de las que salí triunfador. Las que me enseñaron a pausar el tiempo y disfrutar de cada soplo de aire, de cada imagen de un nuevo atardecer, de cada paso que ahora doy sin apoyo de aquel brazo joven, como un niño que empieza a caminar, inseguro, pero abierto a descubrir en las rutinas el placer de lo sencillo y la felicidad de lo cotidiano.

Emilio García Criado

Córdoba, febrero de 2023