LAS PALABRAS. XXVI SEMANA GALENO

LAS PALABRAS

Mª Ángeles Tejero Hernández

 

            Eran ya las 12.45 de la mañana. Llevaba aproximadamente una hora en la cola del banco esperando que el director la atendiera.

            La oficina estaba abarrotada de gente, como cada día desde que cerraron la otra sucursal del barrio, y el calor era asfixiante. Carolina se arrepintió una vez más de haberse puesto el jerséis de cuello alto. Fuera el frío de febrero se hacía notar  y la escarcha de los coches aún lucía en las ventanillas de los que estaban aparcados a la sombra.

            Aquella noche no había pegado ojo. El maldito mensaje en el móvil se plantaba delante de ella cada vez que cerraba los ojos y no desaparecía por muy fuerte que los apretará. Aparato de infierno.

            Tenía 76 años y una prótesis de rodilla recién puesta. Estar a pie quieto la torturaba desde había ya unos años y el recambio de titanio no había conseguido aliviar del todo sus dolores.

            Una mujer de mediana edad le había cedido su asiento y agradecida se había sentado, luego levantarse ya sería otra historia…

            Carolina era la cuarta de cinco hermanos. Había nacido en un pueblo de Jaén en plena posguerra civil española. Un parto en diciembre, sin anestesia, en una casa de muros gruesos y ventanas frías, calentadas por las ascuas de los braseros. Carolina era la cuarta niña de una pareja que deseaba tener un varón que llevara el campo y la empresa familiar. La cuarta.

            Había tenido una infancia feliz, con estrechuras y con pocos caprichos porque aquella España había que levantarla después de la contienda fratricida.  Se había criado con la leche de las cabras que tenían, con pan y aceite, con migas.

            Algún día especial  habían disfrutado de un chocolate rudimentario que algunos clientes le llevaban a la fábrica a su padre cuando volvían de Alicante.

– Señora, creo que le toca ya- le dijo un anciano bien perfumado con quien compartían el banco de la sucursal.

Se levantó en dos tiempos ante la mirada impaciente de otra mujer de su edad que ya le había echado el ojo al asiento.

– ¡Buenos días señora Blanco! Dígame ¿qué necesita?- le saludó nerviosa la directora de la oficina mientras le ofrecía una mueca por sonrisa.

– ¡ Buenos días! Pues verá es que me han mandado un mensaje muy extraño al móvil y creo que le he dado porque me ha salido una cosa muy rara. Entonces me he preocupado y he llamado a un número que ponía pero me ha atendido una señora que me ha empezado a pedir cosas, datos, claves y números. Me ha dado mala espina y le he colgado. Ahora no sé si he hecho bien ó si me han quitado el dinero de la cuenta porque me he asustado y he borrado todo …

            Las palabras salían de su boca a trompicones, atropellándose unas a otras . Estaba nerviosa.

– Pero señora Blanco,  ¿Usted le ha dado al enlace? ¿Me puede enseñar ese mensaje?- la interrumpió la banquera con un gesto de fastidio.

            Carolina siempre se había considerado una mujer inteligente. Había estudiado una carrera universitaria en una época en la que nadie estudiaba fuera del pueblo.  Se había marchado a la capital dejando a sus hermanas  afanadas en labores y costuras.  En tiempo record consiguió sacar su carrera, sus oposiciones , su plaza en propiedad, …

            Conoció al amor de su vida trabajando. Se enamoraron a fuego lento durante los viajes que compartían de pueblo a la capital los fines de semana. Un romance con pocas palabras, con pocos alardes pero tan sólido que nada lo había hecho temblar ni siquiera un poquito en treinta y cinco años, cuando de forma injusta la vida se lo había llevado.

 

– Mire Pilar, yo es que con estas cosas me pongo muy nerviosa. No quiero que me pase como a aquel pobre hombre que salió hace poco en el periódico. Lo estafaron y perdió todos los ahorros de su vida por uno de esos mensajitos –  acertó a decir algo abochornada ante la mirada inquisitiva de su interrogadora.

– Vamos a ver señora Blanco, el banco jamás le va a mandar a usted ningún mensaje de este tipo, ya sabe que nos comunicamos mediante nuestra App, que está a prueba de Los hackers cada vez son más listos y los phishing cada vez más elaborados – Carolina ya no podía seguir la conversación.

            No conocía aquellas palabras. No las entendía.

            Había trabajado en el hospital haciendo guardias, había criado a cuatro hijos, había aprendido a calibrar aparatos con instrucciones en alemán,  en inglés e incluso una vez en turco.

            Sabia coser a máquina, hacer crochet, decapar un mueble,  montar una lámpara, comprar los mejores productos en el mercado, guisar como un chef de estrella Michelin, arreglar un taladro,… pero nada de aquello parecía ser útil en los últimos tiempos.

            Pilar seguía con la retahíla de palabras incomprensibles …

 

… en fin, que tendremos que congelar su cuenta y cancelar todas sus tarjetas para estar seguros – concluyó con cierto tono de fastidio.

– Pues ya lo siento, pero es que lo que yo necesito es quedarme tranquila de que todo está bien- respondió a modo de tímida disculpa.

            El mundo había cambiado  mucho desde aquel mes de diciembre que la vio nacer.  Cada vez había más palabras que no conocía en boca de todos.

            Conciliación familiar.

            Recordaba muy bien que ella se había tenido que incorporar a su trabajo dejando a sus hijos en casa con quince días. ¡Ni permisos de lactancia ni leches en vinagre!

– Pues ya está, firme aquí y lo dejamos solicitado. Le haremos llegar un mail a su correo electrónico en breve.

            Pilar tenía prisa por pasar al siguiente cliente. A la una terminaba el horario de atención al público y aún le quedaba el viejo pensionista con sus recibos y la pesada mujer del préstamo hipotecario.

 

            Carolina hizo el garabato con destreza y se levantó en dos tiempos. Suspiró con alivio y masculló un gracias mientras atravesaba la puerta de la pecera de cristal donde la directora la había recibido. Pilar ya no la escuchaba. Tenía la mirada puesta en su Iphone 12.

            Agradeció el fresco de la calle al salir . Había necesitado toda la mañana para resolver el enredo del aparatito dichoso . Los nervios, el insomnio y la maldita rodilla la habían dejado agotada. El paseo a la frutería tendría que esperar a la tarde.     

            De camino a casa iba pensando que la vida debería ser al revés. Acabar en los brazos tiernos de tus padres como recompensa a un viaje lleno de esfuerzo, baches  y preocupaciones.

            El teléfono sonó dentro de su bolso. Tenía el volumen al máximo e incluso así, a veces no lo oía. Se sobresaltó como casi siempre que el aparatito infernal trinaba.

– ¿Dígame?

– Mamá ¿qué tal? ¿ has podido solucionar ya lo del banco?- su hija la llamaba desde el trabajo.

– Si hija. Más de una hora he estado allí. Menos mal que no han podido entrar en la cuenta. Me mandarán una tarjeta nueva.

– ¿Ves? ¡Solucionado!. Estoy orgullosa de tí. Luego hablamos que tengo la bandeja llena y en cinco minutos tengo la call con el equipo de Barcelona.

 

            Más palabras que no entendía.

            Se sentía vencida, cansada, inútil…

            Lo que ella no sabía es que a ojos de sus hijos era una superheroína. Alguien capaz de hacer mil cosas que ellos nunca aprenderían, capaz de apreciar la belleza que ellos no veían, capaz de adaptarse y resurgir como ellos quizás no sabrían.

            Lo que ella no sabía es que no había para ellos palabra mejor en ninguna enciclopedia. 

            Mamá.