ESPERANZA. XXVI SEMANA GALENO

ESPERANZA

Sofía Fuentes Molina

 

     Dominada por sus pensamientos, haciendo caso a una intuición equivocada, Susana vaga por un callejón desierto, manchada con una sangre diferente a la de su propio ser. Continúa su camino incansable por una vida desordenada llena de tristes y traumáticos acontecimientos, sobreviviendo sin querer al paso del tiempo, temiendo a las noches oscuras y con la idea permanente de que el siguiente día será el último que llegue a vivir.

     Susana se sienta y mira la tonalidad roja de las palmas de sus manos, donde  percibe el color anaranjado al recibir los últimos rayos del sol de la tarde reflejado en ellas y ríe, ríe con una risa desgarradora que surge de la más profunda desesperación del ser humano. Intenta recordar el origen de ese fluido, pero no lo consigue. Mira a sus pies desnudos, arañados por la dureza del suelo y mezcla la sangre que cubre sus manos con la suya propia, haciendo un juramento que une su alma con la de otro ser desconocido por ella en ese momento de su realidad.

     Cierra los ojos y se sumerge en un sueño que la lleva a años atrás, a una felicidad efímera y transitoria donde se ve de niña jugando con sus padres en un jardín con olor a flores y frutales. Pensamiento robado a otra persona o bien sacado de alguna película melancólica, pues ella había sido abandonada a las puertas de un convento poco después de nacer, treinta años atrás. Y vuelve a la vida real. Sonríe observando un mundo no deseado, siendo incapaz de poner fin a su agonía. Las lágrimas brotan de sus ojos y limpian su cara manchada por la suciedad de una vida sin sentido, llegan hasta sus labios y penetran en su boca vacía de alimento y cariño, degusta su sabor salado y se sorprende ante la pureza de una sensación no buscada pero placentera y disfruta el momento, pero el llanto se acaba, poniendo fin a ese instante de satisfacción personal.

     Llega la noche y con ella la oscuridad y el silencio. El frío penetra hasta sus huesos y Susana se encoge hasta el punto de plegarse como si fuese contorsionista, intentando mantener una temperatura que va siendo robada por el ambiente con el paso de las horas. Llega el sueño y, con él, vuelve a ser libre y feliz en el mundo de lo irreal. Pesadillas mezcladas con sueños dulces y tranquilos…

     Amanece un nuevo día y Susana se despierta en un lugar desconocido para ella, huele a líquidos desinfectantes, podría tratarse de un hospital. Lavada y vestida con una bata clara abotonada a lo largo de todo su cuerpo y tumbada en una cama limpia, rodeada de una habitación estéril, de un aspecto impecable, con cortinas blancas. No existe coloración en su entorno. Observa y no ve a nadie. Oye ruido en la lejanía, pero no reúne fuerzas suficientes para poder levantarse y acercarse hasta el origen de ese sonido de camas desplazándose, cristales y metales diversos. Espera para exigir una explicación que le haga entender cómo ha llegado desde el mundo de sus sueños hasta el mundo de la enfermedad. Nadie llega. Se siente como un mueble más dentro de esa pulcra estancia. Sin respuestas, sin energía, sin ánimo para mantener abiertos sus ojos a una realidad sin libertad.

     Pasan las horas y alguien se acerca. Acaricia su mano y esto activa un reflejo instintivo de rechazo y desconfianza. Le pregunta cómo se encuentra y Susana se asombra de que a alguien le interese su respuesta. Se siente vulnerable, tumbada y sin apenas ropa en un sitio desconocido del que no sabe cómo huir.

     – ¿Por qué estoy aquí? – pregunta sin más rodeos.

     La mujer que se ha acercado posee una mirada dulce, su expresión es suave y su tono de voz no parece amenazador, por lo que Susana designa como “no peligrosa” a
esa criatura que parece querer ayudarla.

    – Te han traído hasta nosotros. Has llegado en una ambulancia. Un señor que iba a trabajar te encontró tendida en la calle y dio el aviso. Habías perdido el conocimiento, por eso es posible que no te acuerdes de gran cosa, es normal.

     La respuesta parecía sincera y Susana la aceptó como verdadera.

     – Pero ¿qué me pasa? – Susana reclamaba una explicación más completa.

     Empezó a recordar la sangre que marcaban sus manos y las miró de reojo, observando que ya sólo quedaba algún resto aislado entre sus uñas.

     – Posiblemente una pelea contra los demonios – contestó la mujer.

     – No te entiendo – la expresión de Susana mostraba ahora incertidumbre y recelo.

     – Así llamamos nosotros a los delincuentes de la calle – respondió la señora, saliendo por la puerta sin dar opción a continuar una conversación que empezaba a ponerse incómoda.

     Otra vez implorando paciencia, Susana esperaba el permiso para poder marcharse. Con más de un cuarto de siglo de vida a sus espaldas nunca había pisado un hospital. Desconfiaba de los médicos. Empezó a recordar el motivo. Su madre murió en su parto y su padre se vio incapaz de asumir su dolor y la crianza de una niña que sólo hacía llorar y exigir cuidado, por eso la abandonó, al menos eso era lo que le había contado su progenitor cuando fue a visitarla al convento el día que ella cumplía siete años. Un señor estirado acompañado de una mujer altiva. La impresión de lejanía y las barreras que pusieron su padre y su nueva familia hizo que Susana dejara de confiar en las personas, aunque no en todas. Sor Teresa la arropaba con su cariño de madre infértil, dándole una visión optimista de la vida y del entorno, pero también la abandonó. Murió tras adquirir un color amarillento que se fue intensificando con el paso de los días y que llegó a cubrirla por completo, dando una apariencia grotesca a su cuerpo y un aspecto terrorífico a sus ojos. Su mirada de angustia mostraba que el cáncer de páncreas la estaba devorando desde el interior hasta su superficie, dejándole las heridas de rascado por ese picor insoportable de la enfermedad que te lleva hasta la imparable e irremediable muerte final. Tras su fallecimiento, Susana ya no quería seguir en el convento, había diferido el momento de hacerse monja por lo que había atrasado su condición de novicia hasta la mayoría de edad, pero ya no existía ningún vínculo con las otras religiosas, que le recordaban a su madrastra y de las que no quería seguir manteniendo el contacto, por eso pensó en escapar. Dos días después de su décimo octavo cumpleaños Susana dejó el convento para siempre.

     En ese pensamiento estaba cuando oyó unos pasos acercándose hasta ella, abrió rápidamente los ojos y vio a una señora cubierta con una bata blanca que se sentaba a su lado. Su expresión era tranquilizadora y su tono de voz delicado. Empezó preguntando cosas fáciles, como qué día era o en qué ciudad estaban. Susana insinuó una leve sonrisa pues le hacía gracia esas preguntas tan inocentes y sencillas. Contestó con frases cortas y directas, manteniendo la mirada en esos ojos negros cautivadores. Las preguntas se fueron complicando, su nombre, su dirección, su familia. Era difícil dar ese tipo de respuestas. Excepto su nombre, a lo demás contestó con una negativa de su cabeza que turbó su espíritu, ya que fue consciente de que no tenía ninguna posesión excepto ella misma, y tampoco se consideraba una posesión demasiado valiosa.

     La doctora le contestó que su estado de salud era bueno, sólo había sufrido un desmayo por la hipotermia y una leve deshidratación que ya había sido corregida por los sueros que le habían administrado. Pronto podría marcharse a casa.

     – ¿A qué casa?”- preguntó Susana en un lamento cuando la médica salía por la puerta. Ésta se volvió y Susana sintió compasión en su mirada.

     – Buscaré un sitio al que puedas ir, no te preocupes – contestó la doctora en una afirmación que mostraba seguridad.

     Susana se acordó de los sitios donde había vivido después de su salida del convento, albergues, pensiones, aunque la mayor parte del tiempo había estado en la calle, aseándose en servicios de centros comerciales o gasolineras, vendiendo su alma al mejor postor, rozándose con cuerpos babosos de personas sucias de cuerpo y mente,  sin dinero para drogas que le hiciesen evadirse de ese mundo cruel que le había tocado vivir. Y ahora le iban a buscar un sitio para residir. Le costaba creer que alguien extraño pudiese ayudarla a salir de su círculo infernal y de su existencia vacía.

Pasaron unas horas hasta que Susana vio que se dirigían a ella. En esta ocasión era una mujer bajita y menuda que la observaba con intriga. Susana mantuvo su expresión firme y le preguntó quién era. Era la trabajadora que el hospital tenía designada para la ayuda a los vagabundos sin hogar (a Susana la habían encuadrado en este grupo de personas). Escuchó sin atención llevando su pensamiento a la idea de irse del sitio donde quisieran incluirla, hasta que algo dentro de la conversación llamó su atención… “Será un trabajo remunerado y estarás de alta en la Seguridad Social”- oía que decía con serenidad esa mujer. Susana fue consciente de que había desconectado de la conversación al principio de ésta.

     – ¿Puede usted volver a decir lo que me ha comentado? – preguntó Susana en un ruego.

     – Que te pagarán por tu trabajo – contestó la mujer marcando una amplia sonrisa en su rostro.

     Susana insistió en la repetición de todo lo hablado, prestando esta vez atención a cada palabra. Tendría un contrato de prácticas de unos meses por trabajar en un asilo donde cuidaban a personas mayores, allí recibiría comida, estancia y un sueldo por su trabajo. Superado ese tiempo, el contrato sería como empleada de dicho lugar. El plan le pareció interesante, no perdía nada por intentar algo así, al fin y al cabo, tenía conocimientos de cuidados a personas de avanzada edad, ya que su tiempo en el convento le había hecho entrenarse en este tipo de situaciones y con este tipo de gente. Sabía asear a personas enfermas, moverlas para no dañarlas, vestirlas doblando las extremidades con lentitud. Era una tarea adecuada para ella, la cual comenzaría tras el alta hospitalaria.

    Al llegar a la residencia, Susana pudo respirar la miseria humana en el momento en que se abrió la puerta. Gemidos a lo lejos, olor a dolencias y tristeza en un entorno oscuro. Pero conforme fue avanzando, la luz iluminaba los pasillos y una claridad inusual llevaba a un jardín lleno de color, con el sonido de cantos de pajarillos y del agua de una fuente que reproducía el arco iris a través de sus chorros, olor a hierbabuena y a tierra mojada. Abuelitos paseando, otros sentados al sol. Miradas curiosas hacia ella. Por primera vez en su vida sintió ilusión por el futuro, un futuro imprevisible, pero esperanzador, donde tendría la oportunidad de ayudar a los demás y recibir agradecimiento. Susana sonrió feliz ante la esperanza de un mañana mejor.