EL HOMENAJE

EL HOMENAJE

 

—Date prisa que vamos tarde —apunta.

Levanto la mirada y lo veo parado bajo el alféizar de la puerta luciendo el traje negro con rayas blancas, recién planchado, y su sombrero de ala ancha. Una moña de aromáticos jazmines le adorna la solapa. En la mano derecha un puro habano a medio consumir.

—No hay que tragarse el humo. Así el tabaco no hace daño a la voz, ni a los pulmones.

Tiene una habilidad especial para quitar la ceniza con la larga uña del dedo meñique. Ese ritual me hipnotiza. A veces, juego a adivinar si se caerá antes de que pueda desprenderla. No sé cómo lo hace, pero siempre sabe cuándo quitarla. Mientras, mi madre termina de abrocharme las zapatillas de cuero marrón. Aunque tengo doce años no se me da bien cerrar las hebillas. Como punto final, un reajuste de mi pantalón corto azul y mi niqui blanco, seguidos de dos pellizcos en los mofletes y un beso en la frente, son la señales de que todo está en orden.

—No hagas esperar al abuelo. Hoy es un día muy importante para él. Y que no me entere yo de que te portas mal o te regaña alguien, que si no la vamos a tener —me advierte mamá. Atravieso el zaguán y una bofetada de calor me golpea. Son las nueve de la noche de un tórrido catorce de agosto del setenta y cuatro.  Mi abuelo me tiende la mano. Lanza una mirada cómplice y me hace un guiño.

—Hay que salir siempre con tiempo suficiente. La puntualidad es muy importante en la vida. Es un signo de respeto hacia los demás —sentencia el abuelo.

Me acuerdo de cuando mi padre me regaló el reloj cauny. Fue el premio por haber aprobado primero de bachiller con buenas notas. Al ponérmelo en la muñeca me dijo las mismas palabras sobre la puntualidad. Además, añadió:  Ya sabes leer la hora, por lo tanto, no tienes excusas para llegar tarde.

Atrás quedan los vecinos sentados en las puertas de sus casas. Las mecedoras y los botijos de barro son la mejor manera de combatir el estío. Entre el murmullo de las conversaciones y risas comentan: Hoy le dan el homenaje a Juan, se lo ha ganado. Avanzamos, las voces se difuminan con el cricrí de los grillos. Recordé que mis padres hablaban de la crisis económica que estábamos atravesando. La llaman crisis del petróleo. Afortunadamente no repercute en nuestra vida, o por lo menos no soy consciente. Nunca me ha faltado nada. Voy a mis partidos de fútbol, tengo abono en la piscina municipal en verano, comida sana, ropa limpia y algún que otro capricho, aunque siento nostalgia de las tardes de domingo, antes de entrar a la matiné con mi hermana. El abuelo le compraba al cenachero cangrejos de río o un cartuchillo de camarones cocidos, que disfrutábamos viendo la película. Soy consciente de que algunos de mis mejores amigos no pueden tener esos caprichos.

—¿Tú crees que saldré a ti y algún día seré un buen cantaor? —le pregunto al abuelo mientras caminamos hacia mi instituto, donde se va a celebrar el Festival de Cante Flamenco y el homenaje por su trayectoria profesional. Me mira y muestra una sonrisa socarrona.

—La voz es un don que da Dios, pero todo se puede aprender. Si no tienes ese don y eres constante, tardarás más. Ya sabes que con esfuerzo y trabajo podrás conseguir lo que te propongas.

El sol se ha dejado vencer por un sueño mágico. Tras un largo y agotador día, da paso a una noche de luna llena que inunda de mercurio el espectral paisaje de las calles vacías. La tenue luz de las pocas farolas encendidas, apuntan como flechas de plata en las paredes y atraviesan los tejados derrotados y hundidos.  El crepúsculo difumina los perfiles de las casas a lo largo de la calle. En ese momento, comprendo por qué hay tanta oscuridad y decadencia: es culpa de la crisis.

El espectáculo comienza a las diez y media.  Falta media hora. El abuelo aprovecha ese tiempo para saludar a los amigos que han organizado su homenaje. Le presentan a algunos de los cantaores, guitarristas y cuadro de baile que componen el prestigioso cartel del festival. Me siento extraño en el lugar, como el rocío en el desierto. Mientras hacen las presentaciones, aprovecho para recorrer los pasillos y despachos del instituto. Es la primera vez en los dos años que llevo estudiando en este centro que puedo campar a mis anchas por la sala de juntas, secretaría o despacho del director, sin que me sancionen.  Los artistas utilizan estas dependencias como camerinos.  Hay una barra de bar montada a las espaldas del escenario. El abuelo se acerca y me invita a un refresco de naranja. Me acaricia la cabeza.  —Pórtate bien —me dice.  —Quédate entre bambalinas para no molestar. Vas a tener una experiencia única. Vivir un espectáculo tan importante como este, desde muy cerca.

En ese momento no soy consciente de ser un privilegiado. Pero la experiencia es impactante.  Me entretengo observando cómo los cantaores calientan su voz dando quejíos y marcando compás sobre las mesas. Me llama la atención uno, por su cara enjuta. No sé qué edad tiene, podría contar treinta y algo. Por su tez oscura y la forma de hablar pienso que es gitano. El camarero que atiende la barra del bar me comenta, —ése es el “Chocolate”, un cantaor caló. Lo llaman así porque es muy negruzco, pero que canta como los ángeles.

Hay otro cantaor mayor, de piel apergaminada y arrugada como un higo seco. Con voz quebradiza, casi tenue, pero muy agradable. Sus ojos, llenos de matices, parecen graves como los de un hechicero. Su mirada me da un poco de miedo. Los bailaores taconean y dan vueltas sobre sí. La bailaora principal se levanta el vestido que deja ver sus piernas tostadas como cuerdas que se estiran por el esfuerzo. Los guitarristas sueltan los dedos haciendo rasgueos, trémolos y ajustan las escalas a las diferentes voces de los cantaores a los que van a acompañar. Según avanzan las actuaciones el bar se llena de humo del tabaco, de olor a alcohol y a sudor. Mi abuelo me mira y con un gesto me indica que le toca cantar. Voy raudo a colocarme en el lateral del escenario. Entre las rendijas de los telones veo el patio de butacas. No cabe un alfiler. Miró al cielo y está ebrio de estrellas, como el festival. Sale de nuevo el presentador, coge el micrófono y anuncia su actuación. Se hace un silencio sepulcral.  El abuelo se sienta en la silla de enea, el guitarrista, tras unos tonos, ajusta la cejilla. El, le dice que la suba dos tonos más. Extrañado ante la edad y el desconocimiento de sus dotes artísticas, mira a sus compañeros y se encoge de hombros. Pone la guitarra al tono solicitado y hace una falseta por soleares. El público está expectante. Empieza a cantar. Lanza un quejío y continúa con el cante por soleá. El guitarrista dibuja una sonrisa, mezcla de asombro y admiración. Escucho a otros artistas decir:  Parece un ruiseñor. Qué timbre más bonito de voz tiene y que potencia. Cualquiera diría que tiene setenta y tres años. Al terminar la soleá el público rompe con una ovación cerrada.  Los aplausos mantenidos los obligan a interrumpir la actuación para levantarse y saludar.  No es lo habitual, según comentan. Tras la soleá interpreta una seguidilla, una taranta, unas medias granadinas y de broche uno fandango típico del pueblo, el zángano. Las palmas echan fuego. Le piden que haga otro cante. Regala a sus paisanos dos bises. Termina la actuación entre vítores y oles. En los camerinos recibe multitud de felicitaciones de los organizadores y de los demás artistas. Algunos no dan crédito a lo que acaban de vivir. El presidente de la Peña Flamenca del pueblo le hace entrega de una condecoración de solapa y un diploma acreditativo. Con este acto se termina el festival y volvemos a casa.

Son las tres de la madrugada. Agradezco que mi madre me obligará a dormir una buena siesta, si no me hubiera sido imposible mantenerme despierto. De nuevo tomo su mano.  Alzo la vista y veo el cielo derramarse como manchas rojizas entre las nubes, cegando la luna y tendiendo un manto que cubre los tejados y fachadas de las casas. Quedan solo algunas débiles estrellas. La calle está vacía, silenciosa, casi fría. No puedo explicar mis sentimientos. Estoy hipnotizado como cuando vi actuar por primera vez a un mago. Tras un momento de silencio, en el camino de vuelta le digo que me gustaría tocar la guitarra. —Te compraré una buena, si me prometes que irás a dar clase con mi amigo Manolo. Acepto el compromiso con gran ilusión. Mira de reojo mi caminar cansado. Quedan pocos metros para llegar a casa, pero se me hacen eternos. Me coge con sus fuertes brazos y me carga a ahorcajadas. Dejo caer mi cabeza sobre su hombro. Lo último que recuerdo antes de quedarme dormido, son sus dedos jugueteando entre mis cabellos.

Me despierto sudoroso, sobresaltado por los golpes del martillo sobre el yunque. Rítmicos, intensos, como los latidos de mi corazón. El gramófono reproduce un martinete grabado por el abuelo en disco de pizarra. El salón está Iluminado por el rojizo aliento de los rescoldos en la chimenea. Por la ventana veo el sol bajo, en un cielo dorado, trepando por el valle para perderse tras las laderas de las montañas. En mi regazo un ejemplar de la revista “El Pontón”.  En su página central, junto a un cartel conmemorativo se lee: Se cumplen cincuenta años del clamoroso éxito cosechado por el cantaor pontanés Juan García, “Niño Hierroel día de su homenaje durante el VI Festival de Cante Grande de Puente Genil.

Emilio García Criado

Córdoba, febrero de 2024