Y PARECE QUE FUE AYER

Era una de esas tardes de otoño, cuando apetece salir a tomar el sol, a eso de las cinco de la tarde. El porche de la vieja casa era el lugar más apropiado para hacerlo en compañía  de la  suave, pero agradable,  brisa de ese día junto a una taza  de café recién hecho, te habías puesto a leer o más bien a mirar por encima los titulares del periódico de la tarde, que llegaba a la localidad con un día de retraso, pero esa agradable tarde era una de esas que más bien parecen mágicas, que te invitan a recordar muchos años atrás cuando aún se sienten ilusiones por vivir y hacer frente a todo lo que se presente.  Aunque eso, no hacía otra cosa que recordarte que cada día que pasa te estás poniendo más viejo, claro ha llegado la hora de partir, pero a dónde, si toda una vida se lucha por algo y al final no sabes si lo conseguiste o no, porque te das cuenta de que, aunque tu lucha fue bravía y tenaz como cualquier otra y eras otro David contra Goliat, solo que esta vez era David quien perdía. Claro está que el señor don tiempo había vuelto a ganar la partida, una partida que empezó siendo aún muy joven, cuando a fuerza de poco sueño y una cantidad considerable de libros habías estado formando una carrera que, al terminarla, fue cuando verdaderamente había empezado.

Recibiste los primeros golpes bajos, ¿qué debes hacer?; apuntarte en la bolsa de trabajo, es que existe la posibilidad de que… no, esa posibilidad no existe, cuántos eran, cuántas plazas habían, ¿hay que ser el mejor? no, hay que tener lo que en lenguaje popular es un enchufe. Porque no es suficiente ser el mejor, y si crees lo contrario intenta y lo sabrás, fue de esa manera cómo tuviste los primeros tropiezos y, a fuerza de los mismos, recibiste el primer nombramiento como médico titular en una pequeña localidad donde creíste que unos conocimientos tan difícilmente adquiridos a través de los años de universidad podrías aplicar de la manera más sabiamente posible, y cargado de ilusión fuiste a vivir a esa localidad que, por cierto, aunque pequeña era hermosa.

Las casas todas o casi todas de una planta y muy pocas de dos; exceptuando el edificio del Ayuntamiento, que daba la impresión de ser de tres plantas. También se muestra altiva y presuntuosa la vieja iglesia de estilo barroco; la Plaza principal con sus frondosos árboles, a cuya sombra se cobijan los ancianos en los ya típicos bancos que parecen tener mil años; en las cafeterías, que eran lugar de tertulia las tardes invernales y las noches veraniegas, donde en alguna ocasión se había llegado a tener los ánimos caldeados por el tema en cuestión; las calles estrechas con un empedrado muy parejo de piedra “manzana”, aún no se sabe por qué los lugareños la llamaban así; las típicas tiendecillas; su plaza de abastos tan popular por Sebastiana, la verdulera, que con su gordura y sus tradicionales bromas daban la nota de color a toda una ama de casa que hacía la compra del día. Era sin duda un pueblecito alegre que se mostraba afectivo con los visitantes, un pueblo eminentemente agricultor, por lo que debía ser un lugar próspero. Pero la realidad era distinta, los años de sequía habían terminado con todo, porque antiguamente la lluvia era fiel visitante del lugar, dejando ver grotescas figuras en los charcos que formaba en su continua caída, las nubes con siluetas que dan una imagen de seres gigantescos que vuelan encima de ti, como mirando y diciendo… que pequeño eres hombrecillo.

Si todos estos pequeños detalles venían a tu mente, recordaste ese primer día glorioso cuando por fin te encontraste solo frente a un ser humano, claro que esta vez era de verdad, no ese que creas en tu imaginación cuando te explican una lección o cuando estás estudiando un determinado tema, que hace que tu imaginación vuele haciéndote ver a un paciente que padece esta u otra enfermedad, pero esta vez es de carne y hueso. Además, se encuentra frente a ti, aunque ese momento las apariencias son engañosas, tu interior estaba temblando, tus manos sudorosas con ligeros temblores apenas perceptibles, veías a la persona enfrente tuya. Por tu cerebro empiezan a desfilar una tras otras, diversas enfermedades mientras tratas de recordar; qué tipo de analítica o qué tratamiento debes indicarle, sabes que esa persona está presta para hacer lo que tu digas; en otras palabras, su organismo tiene que estar fallando y deja en tus manos su salud o su vida. Claro está poniendo en juego su vida con tal de sentir algún alivio o mejoría; te preguntas, quién soy yo para tener en mis manos la vida de esta persona, más bien digámosle prolongársela, pero si no eres más que un simple médico y no un ser supremo o todopoderoso, te das cuenta de que no eres más que aquel muchachito alegre con gafas del que todo el mundo se mofaba por llevarlas tan grandes, es que fuiste muy delgado y las orejas hacia delante.

Es que no se da cuenta el señor que esta frente tuyo que en esos momentos lo único que nos diferencia son una bata, tus horribles gafas y muchos conocimientos sobre el cuerpo humano y de cómo curar sus enfermedades. El tiempo transcurre, le indicas que tome asiento, aunque tu cerebro aun esté siendo martillado con un sinfín de preguntas; te parece que padece de riñón, pues da la impresión de tener cara de luna llena y algún edema palpebral. Entonces es cuando te fijas que tiene puestas las manos encima de la mesa del despacho, ¡no! crees que más bien es corazón, tiene las uñas en vidrio de reloj y están algo cianóticas, entonces diriges la mirada a su rostro que esta rubicundo, al parecer se trata de un lupus eritematoso. En eso te das cuenta que tu paciente está inquieto, fijas inmediatamente la mirada en la región del cuello, claro en realidad ese señor tiene que padecer de bocio. Estás un poco confuso, es que en un debut se puede esperar todo.

Acaso se den las mismas circunstancias cuando alguien se encuentra ante unas cámaras de televisión o en un auditorio al que debes dirigir un discurso, tu mente sigue trabajando, tus neuronas están al máximo, buscas los diagnósticos diferenciales, la analítica que debes seguir, el tratamiento idóneo, tu estado nervioso empieza a ser patente. Tu miras al paciente, como diciendo que es lo que tiene, con que lo curo, pero si esto no te enseñaron en la facultad, es que en la facultad no se pusieron frente a frente con un enfermo, lo que tenías siempre con esquemas ficticios creados por los libros y textos, o el supuesto caso clínico que sólo era un montón de papeles entre los que se encuentran análisis y radiografías. Posteriormente la discusión del tema que aparenta interés por la forma en que te exponen; preguntas, te preguntan, tu respondes, te responden y todos tan felices y contentos con ese gusanillo de orgullo y satisfacción al poder decir yo he respondido, soy muy bueno o quizás el mejor y en la clase de explicación de una enfermedad o entidad clínica. Pero ahora que estás solo en una pequeña habitación donde sólo existe una pequeña ventana, que deja entrar el sol dando un toque de alegría a la mañana; tres sillas de las cuales una es tuya y las otras dos para los pacientes; una mesa que mas que eso parece la mesa de una panadería hecha de forma casera con madera tosca y sujeta por dos caballetes, cubierta de propaganda médica para poder escribir lo más legible posible; un tensiómetro; un fonendoscopio y en el fondo una pequeña estantería donde brilla por su ausencia el material quirúrgico para las pequeñas o grandes urgencias, están unas cuantas vendas, apósitos, esparadrapo y dos recipientes que contienen alcohol y agua oxigenada respectivamente. Además, como complemento de ese suntuoso despacho están un bolígrafo y dos talonarios de recetas de la seguridad social.

Vuelves a pensar, porque no te enseñaron a enfrentarte cara a cara con el enfermo y no cara a cara con un libro o con una bonita historia clínica completada por exámenes auxiliares. A medida que pasa el tiempo notas un temblor de piernas, te sube un escalofrío de pensar si sabrás responder a ese paciente. Estás a punto de tomar asiento, como el que lo hizo por indicación tuya momentos antes, cuando repentinamente vuelven a tu memoria más y más enfermedades, estás a punto de estallar, de salir corriendo y dejar todo atrás, y te vuelves a preguntar porque sólo te enseñan medicina para los libros. Lo que debieron enseñarte es medicina para los hombres, ya que piensan y sienten igual que tú.

Por fin te sientas y haces con voz temblorosa la pregunta de rigor; ¿qué es lo que te trae por aquí?, en eso oyes murmuraciones en la sala de espera donde dicen; estás tardando demasiado tiempo, pero si acaba de entrar y ya quieren que lo despache; dicen que tienen prisa, que han dejado la comida puesta; que tienen que ir a la plaza y un sinfín de cosas, y te preguntas estas personas que están allí fuera son realmente enfermos que vienen a la consulta por una enfermedad determinada o qué es lo que son.

Tienes que sacar tu pañuelo para secar las gruesas gotas de sudor que corren por tu frente, te das cuenta de que lo que está produciéndote ese sudor frío no es más que el temor a un error, el temor a no saber responder las preguntas que te haga el enfermo, el no poder diagnosticar su enfermedad y es entonces cuando afortunadamente responde a tu pregunta y dice, sólo quería saber si puede ir a ver a mi abuela, que como es muy mayor no puede venir al consultorio.

Si desde ese famoso debut ya ha pasado mucho tiempo, pero ese recuerdo está aún vivo en tu mente, aunque los tiempos cambiaron desde entonces hay muchas mejoras, la sala de consulta de este tranquilo y apacible pueblecito sigue siendo la misma, sólo que ahora adaptaron una tabla grande forrándola con algodón para que haga las veces de mesa de exploración, ya no son tres las sillas ahora son más, por lo que en la sala de espera se pueden sentar. Sí, se había conseguido algo en los largos años de lucha por mejorar la sanidad local, al tiempo de mejorar la salud de los parroquianos, pero ¿de qué manera?, haciendo una medicina paralela a la que te habían enseñado. Sí, los libros y textos te servían de algo, pero el contacto personal con un paciente, el hecho de darle los buenos días o el vaya usted con Dios, el tiempo de preguntar por la salud de Jacinto o cómo estaba el cojo. Te hace ver ahora, por fin comprendes la Medicina Rural; es más que unos textos tan profundamente llenos de sabiduría; es más que ese millar de páginas de éstos, es el contacto directo con una persona, el conocer sus problemas, vivir con ellos.

Entonces viste con más claridad éste o aquel diagnóstico, entonces fue cuando pudiste comprender a ese paciente para de esa manera poder encaminar acertadamente uno u otro tratamiento. Te preguntas de que sirve tanto especialista en medicina de familia, si ese señor sólo conoce las enfermedades en los libros y tal vez algunos casos en un hospital, al enfermo de la cama tal o de la cual, y en realidad no conoce la enfermedad en la persona que es lo que verdaderamente le llevará al final del camino y podrá obtener un resultado satisfactorio. Vuelves a preguntarte tanto examen para qué, tu obtuviste el título después de 40 años largos y aun así creo has suspendido, tu tribunal fue el tiempo, tu experiencia y el contacto personal, que te enseñaron a ver a un ser humano con su enfermedad y no a la enfermedad en la persona.

En eso el saludo de don Pedro el notario te hace volver a la realidad, te levantas y te miras al espejo, ves tu región temporal cubierta de canas, tu rostro lleno de arrugas que te recuerdan el implacable paso del tiempo. Si toda una vida dedicada al prójimo a darle consuelo y un poco de bienestar físico y mental y mucho de esa comprensión humana, de ese saber escuchar del que estamos tan faltos, el espejo no miente; ves tus ojos hundidos, tu piel flácida, te vuelves a mirar en él, te preguntas y tu respuesta es ¡si parece que fue ayer!