SOBRE EL RACIONALISMO Y EL EXISTENCIALISMO. SER O NO SER. XXVI SEMANA GALENO

SOBRE EL RACIONALISMO Y EL EXISTENCIALISMO. SER O NO SER

Manuel León Vega

 

   ¡Érase que se era!, -exclamaba un sabio vagabundo -. Y en su pobre, mísero y sombrío lugar, continuó relatando: Formamos parte de un sistema donde todo empieza y todo acaba, sin saber dónde está el principio y dónde está el fin. El alfa y el omega de nuestra existencia. Ese, para unos, el Big Bang, y para otros, la enigmática Creación Divina. Ese principio del universo donde se creó todo, la materia, el espacio, el tiempo, y la vida en todas sus existencias, véase el reino animal y el vegetal, así como otras estructuras con vida, unas microscópicas, y otras raras pero visibles.  

   Y, en su estado de adormecimiento, se hacía preguntas, una tras otra, sin parar: ¿De dónde somos, de dónde partimos, y a dónde vamos? ¿Cuál es nuestro origen, una Babel donde las ilusiones se pierden, y la esperanza la destruyen todos los males que persisten, perduran y afanan en aquella ilusa caja de ingratas sinrazones? ¿Una Babel donde la nada no es nada, y en la nada, nada de nada en la infinita realidad de la nada? ¿El lugar del desorden y la confusión donde todo son sueños que le hacen soñar a ilusos soñadores? ¿Sueños de la vida en sueño que nacen y se van? ¿Sueños que confunden? ¿Sueños de alucinantes caminos que ofuscan tu caminar, ese caminar de etéreas sutilezas, de falsas verdades y de inexistente sobriedad? 

   ¡He ahí la realidad!, -le respondió un sabio paseante, ensimismado en la misteriosa disertación del vagabundo-. Y al verlo aún absorto en su meditación, y sentado en su acartonado refugio, se detiene junto a él. El sabio paseante, pensativo, reflexivo y, acorde con lo que había oído, le dice: Todo son sueños, en esencia y por principio. Sueños en escabrosos caminos desde el principio hasta el fin. Fin de todo. Y al final de todo, todo es nada, y todo es el fin. Infinito destino que no tiene fin. El fin del fin del infinito sentir. ¿Qué hay antes de la nada y después del infinito? ¿Qué somos en realidad? ¿Una nada que, de la nada, salió caminando por la nada al infinito? Si en la nada no hay nada, ¿cómo, de la nada surgió todo? ¡Es a saber! Lo que fuere, sonará. O sea, ¡sea lo que fuere, no somos nadie! 

   Y si no somos nadie, ¿Qué somos en realidad?, preguntó el sabio vagabundo al sabio paseante. Acaso, continuó preguntándole: ¿No cree que todo lo tendríamos que enmarcar en lo que muchos llaman, cuando rezan, el misterio divino de el por qué?  

   Vuestra razón tiene, le respondió el sabio paseante. Y si me permite, se lo argumento así: Cierto día, el Papa Francisco hizo un amplio comentario sobre la oración, y expuso tres condicionantes que dificultan la oración tales como la distracción, la sequedad y la acedía. También afirmó que protestar ante Dios es una forma de rezar, a lo que, por ello, hizo hincapié en el valor del por qué. Dijo, por ello que, cuando empleamos expresiones duras y amargas ante el enfado y el cabreo de ver que nada se resuelve con nuestra oración en tiempos de desolación y adversidades, cuando elevamos al cielo gritos mudos de impotencia, y, sobre todo, muchos por qué, por todo lo que nos ocurre y por los desastres que a diario vemos, Él, el Creador, recogerá esas, nuestras dudas, con el amor de un padre y las considerará como un acto de fe, como una oración. Con esa reiterativa pregunta del por qué, estamos atrayendo el corazón de nuestro Padre hacia nuestra miseria, hacia nuestra dificultad, hacia nuestras ilusiones y esperanzas, hacia nuestra vida.  

   He ahí el misterio de la divinidad, que no deja de ser, por lo que sé, un misterio, -le responde el sabio vagabundo, mostrando en su rostro lo arcano de la duda-. Siéntese a mi lado, -le suplica al sabio paseante-, y escuche lo que le digo: Esa pequeña frase, el por qué, no deja de ser un enigma si, tras su pronunciación, no se recibe una respuesta. He ahí, entonces, las interrogantes preguntas: Si a ese por qué nadie responde, ¿de qué sirve preguntar? ¿Se interesan los de arriba en comunicarse con los de abajo?  

   Mi sabiduría, -continuó comentándole tras un dilatado silencio-, la he adquirido al contemplar la evolución histórica de la humanidad. Y, a sabiendas, como se sabe, que el Homo Sapiens tiene una antigüedad de unos 200.000 años encontrándose su cuna ancestral en Etiopía, y desde allí, a través de siglos y siglos, se fue extendiendo por todo el planeta Tierra, llegando a Europa hace aproximadamente unos 50.000 años, ¿cuántas y cuántas veces esos primitivos seres humanos emplearon el por qué a todas las dudas que a diario encontraban? Seres humanos que, en su incipiente evolución, con el tiempo, fueron enriqueciendo sus conocimientos gracias al desarrollo del cerebro, y por ello, aprendieron a comunicarse, primero con los gestos y después con la palabra, aprendieron, también, la comunicación con la escritura en sus distintas etapas evolutivas, y desarrollaron, también, la inteligencia que les permitía pensar, razonar, discernir, enjuiciar, enseñar, diseñar, crear, trabajar y legislar.  

   Pero, ¡sí, sí, siéntese, no tenga miedo!, -le recriminó el sabio vagabundo al sabio paseante que mostraba cierta repugnancia al habitáculo al continuar aún de pie-. También, y eso lo debe de saber, que, al ser humano, en su evolución, le llegó el momento en el que se puso a pensar en el más allá, en alguien superior con poderes sobrenaturales, lo que dio lugar al origen de la divinidad o la deidad, y con ello la fe. Fe que les proporcionaba seguridad a través de sus oraciones, súplicas y plegarias, y fe que, ante cualquier situación desagradable, les hacía emplear esa mítica frase de el por qué. Acaso, -continuó preguntando y hablando en tono exclamativo-, ¿no cree que estas lamentaciones, que le describo, las manifestaban a menudo?: ¡Dios mío, por qué ocurre esto, por qué nos ha pasado esto, por qué no llueve, por qué hace tanto calor, por qué hace frío, por qué no encontramos alimentos, por qué nos han invadido los otros, avasallando, robando, destruyendo y matando a nuestro pueblo! 

   Le doy la razón, -respondió el sabio paseante, sentado justo a la derecha del sabio vagabundo-. Es verdad, -continuó-, fueron momentos de incertidumbre, de no saber ni comprender nada, adquiriendo, desde entonces, el ser humano, el comportamiento, que fue estoico en algunos, y en otros lo fue epicúreo. Comportamientos estos, junto a otros, mostrados por el ser humano al influenciarse por multitud de causas. De ellas, iba sacando conclusiones, y aprendiendo, por lo tanto, de todo lo que le rodeaba. He ahí el principio de la curiosidad y la creatividad con las cuales fue adquiriendo conocimientos. Y de ellos, a través de los tiempos, entre otras cosas, aparecieron muchas culturas y civilizaciones, y por ello, analizando el tema que comentamos, se fueron instaurando las distintas y variadas creencias en uno o en varios dioses. Dioses a los que adoraban, les temían y les suplicaban. 

   El ser humano, en el largo camino en la lucha por la vida, debido a las adversidades y sufrimientos que fue encontrando en su evolución, a esos dioses que adoraba, la pregunta de el por qué, nunca dejó de pronunciarla, -le respondió el sabio vagabundo, incluso, le recalcó con esta aseveración-: Fue Jesucristo, estando clavado en el madero, el que pronunció la misteriosa frase “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Frase que refleja la impotencia de un hombre tras soportar todo lo soportado, viéndose solo y abandonado, pero, asumiendo, también, ese sacrificio con auténtico estoicismo como muestra de su misión evangelizadora por el bien de la humanidad. 

   Han pasado más de dos mil años de aquel magno acontecimiento que cambió la historia de la humanidad, le contestó el sabio paseante.  

   Y a pesar de todo, seguimos, erre que erre, con esa enigmática pregunta: ¿El por qué tantos sufrimientos, desgracias y adversidades?, le respondió el sabio vagabundo. 

   Muy aguda su reflexión, dijo el sabio paseante. Permítame que le recuerde esto que le asevero, -continuó-, seguimos con nuestra evolución, con nuestros modernismos, nuestros progresos socioculturales, nuestros avances científicos y tecnológicos, y nuestra expansión globalizadora. Pero, como podemos comprobar, después de todo lo logrado y conseguido, nos damos cuenta que, no todo es oro lo que reluce, y estando, como lo estamos, en este periodo de nuestra evolución histórica, en el Planeta Tierra, con sus más de ocho mil millones de habitantes, seguimos soportando las temidas plagas del mal. Plagas que, como misteriosas cruces, nos amenazan en el día a día,  véase, el cambio climático con la pertinaz sequía y todos los desastres medioambientales; la pandemia del coronavirus extendida por todo el Planeta; las enfermedades incurables; el hambre y la malnutrición; las nuevas castas de políticos que van a su avío, con su egocentrismo, populismo y maniqueísmo; el cada vez más acentuado comportamiento de aconfesionalidad, con ese ateísmo, materialismo y adoctrinamiento donde los valores éticos y morales se pierden día tras día;  la globalización descontrolada entre países pobres y ricos; las guerras que no cesan; el terrorismo; las dictaduras; la entrega desordenada a vicios y maldades; y el poderoso caballero don dinero con su arrogancia, su alarde, su abuso de poder y su aniquilante humillación. 

   El sabio vagabundo, después de oír todo ese alegato, le dice al sabio paseante: Y teniendo que soportar todo esto, cualquier persona responsable se hace a diario multitud de preguntas. Dudas y más dudas que nublan nuestra capacidad de raciocinio al estar inmersos en la fe de una religión, y me refiero a la fe católica en la que adoramos a quienes fueron, por su misericordia, bienaventurados y dichosos aquí en la Tierra. Por eso, ese gran enigma de la santidad, viendo todo lo que estamos viendo, nos hace reflexionar en el papel que desempeñan allá arriba quienes cruzaron, en su tiempo, el umbral de la inmortalidad.  

   Querido amigo, -le dice el sabio paseante al sabio vagabundo-, desembocamos de nuevo en el por qué. ¿Por qué no nos escuchan quienes, aquí en la Tierra, fueron buenos samaritanos, dando la vida por los demás, ayudando, sufriendo y soportando toda clase de calamidades, incluso la muerte violenta? ¿Por qué esa pereza y flojedad ante los que aclaman ayuda con tristeza, angustia y amargura? ¿Por qué esa falta de atención a quienes, con su oración, suplican y suplican sin parar? ¿Por qué esa falta de sentimiento de identificación ante los que ofrecen fervor y devoción? ¿Por qué no evitan las fatalidades ante esas desgracias del hado o destino, desgracias que provocan un desencadenamiento fatal en determinados desastres naturales? 

   Querido colega, en este mundo donde la sabiduría cabalga entre el ser o no ser, -le responde el sabio vagabundo-, la fe y el mantenimiento de la fe no es tarea fácil. Por eso los que luchan en el largo camino de la vida en defensa de la fe, han de recibir algo más que esa creencia, que, según el Papa Francisco, proporciona el misterio del por qué. ¿Allá arriba nos escuchan? ¿Cómo sabemos que nos han oído? ¿Qué papel desempeña la empática telepatía en la comunicación entre los de abajo con los de arriba? ¿Hacen algo desde allá arriba cuando se les pide ayuda? ¿Ven todo lo que está pasando aquí abajo?  

   Misteriosas preguntas, ¡he ahí la cuestión!, -argumenta el sabio paseante-. Frente a tantas y tantas preguntas que nunca nos cansaremos de pronunciar, siempre desembocamos en lo mismo, en la resignación, porque lo único que nos queda es la ilusión y la esperanza que la fe nos garantiza, cuando, con ello, decimos que la fe mueve montañas. He aquí el enigmático misterio de la fe cuando, estamos como lo estamos, en este periodo de tiempo marcado por los grandes avances.  

   Sí señor, ¡los grandes avances!, -apostilla el sabio vagabundo, y recalca-: Las ciencias, desde tiempos inmemoriales, hasta hoy, han adelantado que es una barbaridad, una brutalidad, una bestialidad, como decía el castizo. Pero, ¿el comportamiento del ser humano avanzó, como avanzó la ciencia? ¡Pues no!, las ciencias avanzaron mucho, pero las desgracias, los infortunios, los disgustos, las pesadumbres, el disconfort familiar, social y medioambiental, por culpa del mal comportamiento del ser humano, por culpa de sus malas cualidades, esa condición, calidad o naturaleza de los seres humanos, y por culpa de ese dejar pasar propio de la perversa ingratitud, siguen igual o peor. La condición humana y el factor humano, en aquellos ancestrales inicios, mostraban comportamientos indeseables, siguieron así, y siguen igual. He ahí el por qué nuestro comportamiento es malo por naturaleza, y, a pesar del gran desarrollo intelectual, aún nos tenemos que resignar en la adversidad del sacrificio y el sufrimiento, en detrimento de la tan deseada unión, armonía, paz y felicidad, algo que ese enigmático por qué es incapaz de dar una sabia, grata y venturosa respuesta. 

   Le respondo con coherencia, -le dice el sabio paseante al sabio vagabundo-: Con nuestro diálogo hemos llegado a la conclusión que nuestra mente camina en paralelo con las indecisiones y las dudas, esas tensiones que tienen lugar cuando se enfrentan la voluntad con la realidad. Ser o no ser. 

    ¿Ser, o no ser?, -intervino quien se dio a conocer como el vagabundo que camina en solitario, haciendo estas preguntas-. ¿Dónde radica la cuestión? ¿Somos, en realidad, lo que queremos ser? ¿O en realidad estamos carentes de esa voluntad que estimula nuestro sentido de la realidad? Si me permitís, -continuó-, he estado atento a vuestros sabios e ilustradores diálogos sentado en el banco del bulevar frente a vosotros. Y en lo que habéis comentado del otrora, lo he oído todo porque hablabais como si, en realidad, vuestra sordera mostrara signos de flaqueza decadente. Fijaros, -les dijo acercándose aún más a ellos-, desde aquellos remotos tiempos de la evolución humana, hemos pasado de vivir, como se vivía, en una naturaleza inmensa, floreciente e intacta, a vivir, como vivimos ahora, en un mundo que se está descarnando, está desquiciado, desnortado y consumido; un mundo, en definitiva ciego, por culpa de una extraña ceguera colectiva que nosotros mismos la hemos provocado al no ser capaces de encontrar ese alentador y vivo aliento que garantice un futuro mejorable, un futuro donde en él, (si es que queramos que llegue, y para ello, ser capaces de curarnos nuestra ceguera haciéndole frente a ese maldito dejar pasar, a esa dañina insolidaridad y a esa irracional maldad), la felicidad sea el acicate del bienestar común. Si no logramos esto, -le recalcó-, el futuro no existirá, y sus amargas consecuencias nos harán vivir en un presente que no sirve para nada, un presente que, en realidad, será inexistente. 

   Me alegra su presencia y su intervención, -le responde el sabio vagabundo-. Cuando ha recordado el problema de la ceguera colectiva de la humanidad, permítame que le dé mi opinión: Cada uno, en el devenir de la vida, deja de ver lo que no quiere ver porque está hasta las narices de soportarlo, y por ser incapaz de darle solución a sus problemas. De ahí la ceguera colectiva que va en aumento por no aceptar la realidad de las circunstancias, argumento que muy bien dejó estudiado Ortega y Gasset cuando dijo lo de “yo soy yo y mis circunstancias”, esos condicionantes que, por lo que sea, agravan nuestros sentimientos y nuestras emociones, alterando nuestro comportamiento y nuestra manera de ser. 

   Lo confirmo yo también, -dijo el sabio paseante-. ¿Y sabéis todo esto por qué puede ocurrir?, -preguntó con arrojo, y continuó-, porque ese poder de lo que llamamos masa, ese poder cada vez más potente, nos engullirá, y actuaremos como borregos, y su consecuencia será que nos sintamos incapaces de ver más allá de nuestra realidad al estar atrapados en ese minúsculo mundo donde nos meterán, y cuyo único habitáculo será una jaula que anulará nuestra libertad. 

   La libertad, ¿acaso somos libres?, pregunta el sabio vagabundo. 

   ¡Libres teniendo que soportar los malos comportamientos!, -exclama con pesadumbre el sabio paseante, y avanza en su disertación argumentando-: Por desgracia, los seres humanos se comportan con indiferencia y con ruindad. Dos estados de ánimo que les perjudican y, con ellos, perjudican a los demás por sus despreciables y repugnantes actuaciones. 

   Seguimos, sin parar, hablado del comportamiento humano y de su escasa evolución hacia el bien, -les dice el vagabundo que camina en solitario-. Todo es así, y quien diga lo contrario, miente. Por culpa del mal comportamiento, las maldades del ser humano a lo largo de su evolución, no cesaron, ni cesarán. Maldades que, por su actuación, ejecución y aplicación, son crueles, hacen daño, intimidan, humillan, desprecian, exterminan, incluso asesinan y masacran. No nos olvidemos de ellas, y tengámoslas siempre muy presentes, porque son todas ellas, lo repito, gérmenes del mal, porque así lo he comprobado en mi largo caminar por la vida. Actuaciones como la ira, el odio, el resentimiento, la venganza, el fanatismo, la autocracia, la corrupción, la infidelidad, la traición y la mentira. Esas maléficas maneras de obrar que demuestran la escasa o nula evolución del comportamiento humano hacia el logro de la paz, esa armonía entre las personas que evita los enfrentamientos y conflictos entre ellas. 

   Si nos adentramos en el mundo de la divinidad, ese mundo de fe y creencia, ¿no cree que, en el mundo etéreo, en ese mundo de la divinidad, todo son conjeturas mientras no se demuestre lo contrario?, le pregunta el sabio paseante al vagabundo que camina en solitario. ¿Qué ha pasado, pues?, ¿qué está pasando? 

   Preguntas y más preguntas, que nunca nos cansaremos de preguntar. ¡He ahí el gran misterio! ¡He ahí la incongruencia! Misteriosa incongruencia sobre lo que vemos como inaudito e incomprensible, responde el vagabundo que camina en solitario. 

   Preguntas y más preguntas sobre la omnipotencia y sobre la independencia de la razón humana en cuanto a las creencias religiosas, responde el sabio vagabundo. 

   Y qué decir, también, sobre el conocimiento de toda realidad basada en la experiencia inmediata de la existencia propia, recalca el vagabundo que camina en solitario. 

   Las creencias religiosas y el conocimiento de la realidad sobre nuestra existencia son dos cuestiones muy ancestrales, en las cuales, el ser humano, a lo largo de su evolución, las fue asimilando como pudo, acontecimiento en sí, que dio lugar a diversas formas de conductas, aptitudes y actitudes, respondió el sabio paseante. Y, sobre ello, -continuó-, quiero hacer la siguiente reflexión: En la mente humana, en su evolución, el acto de asimilar el comportamiento como un bien hacia el prójimo, no generó, en la gran mayoría de los seres humanos, una impregnación positiva y eficaz para hacer las cosas bien hechas, con responsabilidad y sentido común.  Ocurrió, como se comprueba a diario, todo lo contrario. ¡He ahí la infamia y traición del ser humano en su malvado y perverso comportamiento! Algo insólito e incongruente, en comparación con lo ocurrido con los avances en las artes, en las ciencias y en las tecnologías. Parece mentira que hayamos sido tan torpes en lo relativo al buen comportamiento. Ese buen comportamiento basado en el bien frente al mal, enriquecido con los valores éticos y morales, y fortalecido por la fe religiosa. Y para colmo de los colmos, nos están programando, nos están adoctrinando y nos están conduciendo hacia el ateísmo puro y duro, esa pura esencia de la irracionalidad. 

   El ser humano que pierde la razón, -apostilla el sabio vagabundo-, es un bicho malo que destruye y aniquila por voluntad no gobernada por la razón, mostrando un apetito, antojo o capricho, propio del enajenado que actúa sin sujeción, y con condición torpe.