La Demencia en los tiempos de COVID19

La Demencia en los tiempos de COVID19

Por el Dr. Eduardo Agüera Morales

Neurólogo / Investigador

Coordinador Unidad de Investigación en Demencias

Hospital Universitario Reina Sofía / IMIBIC

 

“En la mitología clásica, el Leteo era uno de los ríos del Hades, que provocaba un olvido completo a quién bebía de sus aguas. La Vieja Señora Meng, deidad femenina de la religión china, recolectaba hierbas para su Té de los Cinco Sabores del Olvido, brebaje que producía una amnesia permanente de forma instantánea, y llevaba a la pérdida de todo recuerdo de la vida pasada. La enfermedad de Alzheimer no es parte de la mitología, pero igualmente borra la memoria, aunque más lentamente, empezando por los recuerdos más recientes para acabar con los de una vida entera.

La demencia afecta a más de 50 millones de personas en todo el mundo, un número que va en aumento. Su prevalencia aumenta con la edad, según algunas estimaciones, el 1,7% de las personas de 65 a 69 años tienen demencia y su incidencia (el número de casos nuevos) se duplica cada cinco años hasta los 90 años. Otra estimación es que, entre la población de 85 años, entre un tercio y la mitad padecen demencia. La demencia es un daño colateral de uno de los triunfos de la humanidad: el aumento de la esperanza de vida. Hace cien años, la esperanza de vida al nacer no era mucho más de 30. En 1960 había llegado a 52. Hoy en día es de unos 70 para los hombres y 75 para las mujeres, y en los países ricos, más de 80. Los nonagenarios e incluso los centenarios ya no son tan difíciles de encontrar. A pesar del covid-19, el progreso médico continuará alargando aún más la vida, y la demencia será cada vez más frecuente de encontrar.

William Shakespeare en una de sus obras describe las “Siete Edades del Hombre”. A través de un monólogo, recita que “la última de todas, en la que termina esta extraña y accidentada historia, es un segundo infantilismo y el mero olvido, sin dientes, sin ojos, sin sabor, sin todo”. Tanto olvido como infantilismo forman parte de los síntomas de una demencia, pero en aquella época era considerado como una fase más de la vida. La demencia nos viene acompañando desde hace muchos años, pero ahora sabemos que es una enfermedad.

La demencia es una condición cruel que priva a las personas de toda una vida. Puede comenzar como unos olvidos o “despistes de la edad” y pasar por ser solo un “deterioro cognitivo leve” (DCL), pero a medida que avanza, ataca la agilidad mental y devora la memoria, robando la propia identidad. Si al principio pierden la capacidad de leer, cocinar y comprar, al final sufren delirios, se asustan, se enojan, o se hunden en una depresión apática. Requieren cuidados durante todas sus horas de vigilia y, a menudo, supervisión cuando duermen. En general, las personas se vuelven incapaces de cuidarse a sí mismas.

La pandemia de covid-19 ha sido una prueba de fuego para las personas con demencia. Los pacientes con demencia han demostrado ser muy susceptibles al virus. De hecho, algunos estudios sugieren que ha sido la “condición preexistente” más común en los que mueren por covid-19. Hipotetizando, la demencia dificultaría comprender el peligro del virus o recordar las precauciones de distanciamiento social y de higiene y ha podido favorecer la infección de aquellos pacientes sin un cuidador estable. No es sólo por la demencia en sí, sino que las personas afectadas a menudo tienen patologías que las hacen especialmente vulnerables al nuevo virus, sobre todo, por ser mayores, pero también por tener sobrepeso, depresión, hipertensión o diabetes. Las muertes en las que se ha identificado el diagnóstico “demencia” como causa también han aumentado en este período, desconocemos si por evitar etiquetar la infección COVID como causa, o por la especial susceptibilidad de estas personas ante un sistema sanitario colapsado. Muchos han soportado la pandemia en residencias de mayores, que han representado casi la mitad de todas las muertes por Covid-19 en los países más ricos. En abril, la demencia ocupó el segundo lugar en causas de fallecimientos después de la covid-19 en algunos países desarrollados. Por otro lado, el confinamiento ha exigido la pérdida de contactos rutinarios y sociales, tan necesarios en estos enfermos, acelerando el deterioro cognitivo. Un arma de doble filo, o exponerse al nuevo virus sociabilizándose, o agravar su sintomatología aislándose. El perjuicio de la pandemia puede haber sido aun peor, y es que el diagnóstico de muchas personas puede haberse visto retrasado, ya que no han seguido el protocolo habitual de diagnóstico, o no han reclamado los recursos sanitarios que necesitaban por temor a una infección.

En el Informe mundial sobre el Alzheimer de 2015, el equipo del King’s College de Londres, hizo un estudio económico del coste de la demencia, dividiendo los gastos en el apartado médico-sanitario, la atención social y la atención informal. Los costes sanitarios directos fueron los más pequeños de los tres, una quinta parte del total. Esta distribución cambia según la riqueza de un país. Hay más gasto en el cuidado informal en los países en vías de desarrollo, sobrecargando a la familia o a las personas cercanas. En los países de ingresos altos, el 38% de los costes corresponde al cuidado informal; en los países de ingresos bajos, el 69%. Cuanto más avanza una sociedad, menos fuerte es el núcleo familiar, y menor la posibilidad de disponer de un cuidador parental, por lo que los cuidados sociales y asalariados aumentan. Todos los países deberían preguntarse cómo se van a cubrir estos gastos. El gasto público en salud está agotado por el covid-19 y el endeudamiento público subiendo a niveles sin precedentes para contrarrestar el impacto económico del virus. La gestión de los pacientes con demencia también lo subirá, y debería incluirse un plan específico en los presupuestos de los próximos años, porque aunque no sea una pandemia que sature al sistema en pocos meses, si que será una epidemia que lo saturará en la próxima década. El envejecimiento requerirá también que se reorienten cantidades cada vez mayores de mano de obra hacia el cuidado de los ancianos, exactamente al mismo tiempo que la población activa comience a reducirse. La Covid-19 puede haber marcado una diferencia de la forma más cruel, al matar a cientos de miles de personas con demencia. Sin embargo, los problemas fundamentales permanecerán: lo más importante, no hay suficientes personas para atender a las decenas de millones con demencia, pero tampoco recursos suficientes para comprender, mejorar o curar la afección, o para cuidar a las personas que tienen que vivir con ella.

Mnemosine era también un río de Hades en algunos escritos griegos, y al contrario que el Leteo, beber de sus aguas aportaba todo el conocimiento y memoria. A pesar de décadas de investigación, el Alzheimer nada puede devolver la memoria, aún no tiene vacuna ni cura. Tampoco hay ningún antídoto para la poción de la Vieja Señora Meng. En Alzheimer se han probado más de 200 medicamentos, pero no se ha encontrado ningún tratamiento que modifique la enfermedad. Los ensayos clínicos de medicamentos realizados en la enfermedad de Alzheimer entre 2002 a 2012 tuvieron una tasa de fracaso del 99,6%. En la pandemia, la investigación en esta enfermedad se ha resentido, dado que los ensayos clínicos y cohortes de seguimiento se han tenido que interrumpir. Esto puede significar años de retraso respecto a lo planificado. Además, tememos que la actual crisis del covid-19 exprima los recursos financieros y científicos disponibles para la investigación de la demencia y se desvíen a otras finalidades. Conviene recordar, que la demencia se resiste obstinadamente a nuestros esfuerzos de encontrar una cura.

Buscando algo positivo con la pandemia del covid-19, mostrar cuánto se puede lograr cuando se reconoce la escala de una emergencia y se le dedican recursos. Quizás, ha dado una razón más para que motivemos a la clase legisladora para que empiece a preocuparse por otra emergencia que se avecina, la demencia.

Para olvidar, lo apartada que está la demencia en presupuestos sanitarios y sociales, en legislación y derechos, así como en investigación, quizás tomarnos el Té de los Cinco Sabores del Olvido de la Vieja señora Meng nos pueda ser útil. Busquemos sus ingredientes; una gota de lágrima, dos lagrimas de vejez, tres lagrimas de arrepentimiento, cuatro lagrimas de añoranza, cinco lagrimas de enfermedad, seis lagrimas de adiós, siete lagrimas de tristeza, y por último las lagrimas de amor no correspondidos de Meng Po.”