EL VIEJO MENDIGO DE LA ESPERANZA

EL VIEJO MENDIGO DE LA ESPERANZA

El nieto preferido y predilecto, un adolescente de 16 años, que vivía con sus padres y con su abuelo, aquel día salió unas horas antes del Instituto a petición del profesor de historia para que, en ese largo puente festivo, sus alumnos escribiesen una redacción sobre el comportamiento humano en la evolución de la humanidad.

El nieto, conocedor de la sabiduría de su abuelo, le pide que le explique el comportamiento humano en el transcurso del tránsito de la vida cuando el ser humano empezó a tener conciencia de sus actos, desde aquellos lejanos días hasta la actualidad.

El abuelo, de unos ochenta años, bien conservado y buena salud, aunque preocupado por el problema de la soledad desde que perdió a su esposa, fue un profesor de historia en el Instituto del pueblo. Un erudito en su materia de la que disfrutó, explicándola con énfasis, cariño y respeto. Un hombre, también, muy religioso, por lo que sus clases las impartió siempre con un matiz, en su disertación, acorde a sus principios éticos y morales.

Cómo aún era temprano para la comida, el abuelo y el nieto se dirigen al despacho donde tenía una gran biblioteca, y en su mecedora favorita el abuelo se sienta, y le pide que atienda con calma lo que le iba a relatar. El nieto se acerca a un gran ventanal, y al correr un poco las cortinas, divisa, a lo lejos, unos campos de verdes olivares en varias lomas del terreno. El abuelo, al comprobar el interés del nieto por esos verdes paisajes, le agradece el atractivo mostrado al olivar, ese manantial del oro líquido. Con una voz pausada, le suplica que le atienda, iniciando su disertación.

Me has pedido que te hable del comportamiento humano, una actitud, como lo es, muy controvertida, -le empieza comentando, momento en el cual, como si algo le turbara su calma interior, muestra un expresivo gesto de tristeza-. He ahí, el gran misterio de la vida, en la que comprobamos la machacona y conocida dualidad, la bondad y la maldad, una cruel realidad del endémico comportamiento humano. Los hay quienes están más pendiente de la altivez, el descaro y la presunción, esos poderosos que lo dominan todo haciendo daño, y los que son humildes y sensatos, esos viejos luchadores que, con su fidelidad, su fiabilidad y su honestidad, se esfuerzan por conseguir un mundo mejor. Pero, por desgracia, y así lo vemos en el día a día, toda esa casta de gente que hace el mal y se aprovecha descaradamente de los demás, se suelen ir, casi siempre, de rositas.

Abuelo, pero ya han pasado muchos años, muchos siglos, para que las personas hayan cambiado, para bien, sus comportamientos, le censura el nieto con una mirada de incomprensión.

Tienes razón, hijo mío, ha pasado mucho tiempo desde que el ser humano adquirió la facultad de raciocinio, es decir, dejó de ser animal para convertirse en humano, consiguiendo unas cualidades específicas tales como la inteligencia, el raciocinio y la capacidad de inventar, intuir e interaccionar. De ahí que el acto humano surgió cuando el ser humano fue capaz de ejercitar libremente la voluntad de reconocer y advertir sobre el bien o el mal que hace. En definitiva, adquirió un conjunto de cualidades y caracteres que le distinguían del resto de animales superiores. He ahí, el principio de la naturaleza humana, y, por consiguiente, el comportamiento humano. Una manera de actuar, proceder, empatizar y relacionar, no sólo con los suyos, sino con el resto de todo lo que estaba a su alrededor, como lo fue el complejo reino animal, y el diverso reino vegetal; y todo, por supuesto, dentro del amplio y complicado entorno del medio ambiente que la naturaleza le ofrecía.

Fíjate en esto, -le aseveró levantándose de la mecedora dirigiéndose a una de sus estanterías de libros-, estamos, por el avance de la tecnología informática, en la era digital, en el siglo XXI, siglo donde la globalización está extendiendo sus garras e imponiendo sus condiciones adoctrinadoras, ya sea a través de los medios de comunicación y las redes sociales, a través de los mensajes políticos y socioculturales, a través de las nuevas tecnologías en las industrias, en las empresas, y en los mercados, ya sean energéticos, farmacéuticos, alimenticios, textiles, agrícolas y ganaderos, así como los mercados aeronáuticos, y los marítimos, sin olvidarnos, sin duda, de ese afán de países poderosos que quieren controlar y dominar el universo explorándolo y explotarlo para futuras generaciones.

Comprobarás, y te lo recalco para que lo tengas en cuenta, que, en la evolución del ser humano, ha mejorado todo, como te lo he expuesto anteriormente, pero el ser humano sigue con sus clásicos problemas del comportamiento actuando con bondad o con maldad, con sensibilidad o insensibilidad, y enterneciendo o endureciendo sus conductas. La deshumanización del comportamiento está provocando una degradación en la actitud humana, con lo cual, el ser humano, se siente incapaz de valorar lo bello de la vida, despreciando, con ello, su pura esencia, su indiscutible sublimidad.

Abuelo, si la vida es bella, y queremos que sea bella ¿por qué despreciamos lo bello de la vida?, le pregunta el nieto acercándose a la estantería.

He ahí lo que nos perdemos cuando despreciamos lo bello, -le responde el abuelo-. Lo mira con apacible muestra de piedad, y con tristeza, le argumenta su opinión: No fuimos capaces de aceptar el principio fundamental de la esencia humana, la igualdad en todo, respetando y compartiendo, en libertad, todos los valores positivos de la ética y la moral, principios que lo son, el bien, la bondad, el amor y la caridad. Si todo eso nos falta, no somos nada al carecer nuestra mente de esos principios fundamentales. Nos dejamos arrastrar por las cualidades negativas, actuando, por consiguiente, con maldad. Por ello, en esa situación, nuestro cuerdo comportamiento se desvanece, cae por los suelos, y nos comportamos con locas actitudes negativas haciendo daño al prójimo.

Abuelo, -le comenta el nieto al observar que se sienta de nuevo en la mecedora-, a medida que el tiempo pasa y me hago mayor, cada día que transcurre, y más aún, ahora, después de oír lo que me cuentas sobre la escasa evolución del comportamiento, comprendo menos lo que no comprendo. Un gran dilema que no tiene ni principio ni fin, ya que resulta incomprensible, comprender lo que está pasando, un auténtico sinsentido que provoca la impotencia en muchos que quieren mejorar, pero, en contraposición, en otros muchos, su sinrazón se adueña de la razón, consiguiendo que, el sentido común se aleje de la realidad por esa maldita condición que deja pasar, para que pase lo indeseable por no hacer nada. De ahí la ignominia de la sinrazón, esa ingratitud del ingrato que tanto daño hace al que pretende caminar, confiando en su capacidad de entender o juzgar de forma razonable, por los caminos de la vida.

Eres mi nieto favorito, y me enorgullezco de la sabiduría que has adquirido a lo largo de tu vida, una vida que has aprovechado muy bien, a pesar de que aun caminas en ese trance de la adolescencia que te hará un hombre adulto, -le argumenta emocionado el abuelo-, y pidiéndole comprensión, le dice: En el discurrir de la vida, todo buen caminante interesado por los acontecimientos que les sorprenden en el día a día, siempre encuentra, en ellos, motivos para reflexionar. La vida es la cátedra de la sabiduría que, en su devenir, nos enseña, pero, he ahí su dicotomía, enseña cosas buenas y malas.

Fíjate en esto, -le continúa diciendo, tras una breve pausa, con un gesto reflexivo-, caminando por la vida hay que estar siempre seguro por donde caminamos. Y aunque el viento nos guíe, no conviene perder nunca la visión del horizonte. Él nos guía por los caminos rectos y seguros, si hacemos caso de él, pero la pérdida del horizonte conduce al caos, ese mundo insólito que te hace caer en el fracaso por esa desilusión de no saber por dónde vas. Y otra cosa te digo, -le aseveró con reciedumbre-, te darás cuenta de que en el devenir de la vida encontrarás siempre a personajes de toda índole: Oportunistas, bondadosos o malvados, generosos o avariciosos, humildes o vanidosos, sabios o torpes, agradables por su dulzura o desagradables por su aspereza, y agradecidos por el sosiego que expresan o desagradecidos por la irascibilidad que manifiestan.

Con estas actitudes, y muchas más, ¡hago hincapié en las negativas!, hijo mío, -le continúa argumentando-, esos malos comportamientos, por desgracia, son propios de seres humanos que actúan con indiferencia y con ruindad. Esa indiferencia y esa ruindad, reflejan estados de ánimo que les perjudican a ellos y, con ellos, perjudican, también, a los demás por sus despreciables y repugnantes actuaciones. ¿Y sabes el por qué?, hijo mío, porque en cualquier actitud negativa, el ser humano, al comportarse con esa disconformidad, queda atrapado en sus prejuicios y en sus resentimientos, y esas dos actitudes, les oscurecen su mente y su raciocinio. Esa oscura realidad que dio lugar a las disputas entre grupos colectivos en la edad de piedra, y más tarde, en la edad de los metales y sucesivas edades, a las guerras, ese endémico cáncer, engendro del mal comportamiento humano.

Mírame a la cara, y ten en cuenta, para siempre, esto que te vuelvo a recordar, le insiste con aflicción: La gente mala está auspiciada por los demonios, son gentes que caminan a sus anchas y, por lo general, se evaden sin costo alguno, no les pase nada, ni rindan cuentas por sus fechorías. La gente buena, y así lo he comprobado a lo largo de mis años, por desgracia, está dejada, como se suele decir, de la mano de Dios, siempre, con su estoicismo, sufriendo toda clase de adversidades, a pesar de su fe. Así es la vida, y así ha sido siempre. Cría cuervos y te sacarán los ojos, solemos decir. ¡He ahí la ingratitud del desagradecido que paga con mal el bien que le han hecho!

Te comprendo, abuelo, pero, entonces, ¿qué pinta el amor y la amistad en las relaciones interpersonales?

En tiempos de adversidades, hijo mío, hacen falta buenos samaritanos. La ingratitud es el peor enemigo en esos momentos cruciales cuando se demanda ayuda. En esos momentos de adversidad es cuando se demuestra la verdadera amistad. Por eso, en cualquier momento de nuestra vida, hay que saber elegir a los buenos amigos.

Abuelo, en el rato que he estado oyéndote, me he dado cuenta que tu ánimo lo muestras afligido, triste, decaído y desconsolado. ¿Acaso hay algo en tu interior que te induce a pensar así? Yo soy joven, y me cuesta trabajo adivinar y comprender todos esos razonamientos y reflexiones que me infundes.

Después de un descanso, tras esas dubitativas preguntas, descanso que el nieto aprovecha para ir a la cocina, el abuelo coge el portarretrato en el que está con su esposa, ya fallecida. Mientras tanto, en la cocina, el nieto pregunta a su madre sobre lo que van a comer, y ella, con sus cosas, al estar tan atareada, no le responde, pero si le pide al hijo que le lleve al abuelo un vaso de gazpacho blanco de almendra. Un gesto comportamental que el abuelo se lo agradece con un fuerte abrazo.

Sentado de nuevo en su mecedora saboreando la exquisitez del gazpacho, le dice a su nieto que es uno de los mejores aperitivos líquidos de la dieta mediterránea. Este le recoge el vaso y lo pone sobre la mesa, momento en el que, de nuevo, el abuelo, contemplando una actitud cariñosa y respetuosa en él, le pide con énfasis, que esté atento a lo que le va a explicar acorde a sus dubitativas preguntas. A través de los años, -le dice-, he ido reflexionando sobre unos enigmáticos sueños que incitaron mi admiración. Sueños misteriosos con mensajes eminentemente misericordiosos del viejo mendigo de la esperanza, un personaje que, tras repetitivos sueños, fui conociendo sobre su conducta. En mis sueños, el viejo mendigo de la esperanza, me hablaba de sus conocimientos adquiridos a lo largo de su evolutiva madurez hacia la senectud, con todas sus múltiples connotaciones que los discernimientos le enseñaban.

Ese viejo mendigo de la esperanza, -mira con dulzura a su nieto levantándose de la mecedora-, tal como lo he conocido en mis sueños, es un gran pensador, preocupado, no sólo de sus propios problemas y de los problemas familiares, sino, también, de todo lo que acontece a su alrededor, y en el mundo globalizado. Por eso, para él, un personaje, que lo es, con mucha fe en la oración, ese silencio y esa falta de respuestas a sus inquietudes oratorias, le condicionan muy negativamente.

En uno de los sueños relataba de los muchos consejos y comportamientos que, mentes prodigiosas, con su bondad y misericordia pretenden, actitudes que las realizan con la intención de modificar y cambiar el comportamiento humano. Pero, he ahí el problema, esas actitudes, para ellos, constituían una tarea difícil, y se les hacía más difícil por el escaso interés que se les presta. Ellos, decía, los describía como esos personajes bienaventurados y dichosos que sus vidas las dedican a hacer el bien, dando ejemplo de bondad, sacrificio y misericordia, gentes maravillosas que, tras su muerte, cruzan el umbral de la inmortalidad llegando a la otra vida.

Pero, he ahí lo ingrato, -comentaba él-, ese fenómeno enigmático de la santidad implica muchas dudas, porque todas las bondades que ejercen los unos, los que viven, y los otros, los inmortales, caen en agua de borrajas al no responder a las demandas que se les hacen. Los que viven, porque carecen de poder, y los de arriba, porque no tiene lugar la tan deseada empatía telepática con la cual, lograr una comunicación basada en la oratoria para obtener, de ellos, las súplicas que se les piden. Circunstancias que, para el viejo mendigo de la esperanza, les creaban una gran desilusión, porque el mundo, argumentaba él, sigue igual, malos comportamientos y muchas adversidades. Y, con desasosiego, repetía este razonamiento: La despreocupación, el libre albedrío, y el abandono de los epicúreos, le están ganando la batalla a los estoicos que se preocupan, son responsables y nunca abandonan.

Abuelo, te veo triste, le dice el nieto acercándose e inclinándose de rodillas junto a él.

Hijo mío, esto, también le oí pronunciar, en un sueño, al viejo mendigo de la esperanza: ¡Qué malo es el silencio cuando se vive en la amarga soledad!

Pero, ¿por qué lloras?, tú no estás solo, le argumentó el nieto al comprobar que, por sus mejillas, se deslizaban unas lágrimas que salieron de sus húmedos y anacarados ojos cuando, con vehemencia, y con exclamación, el abuelo dijo lo de la amarga soledad.

Con un pañuelo se limpia sus lágrimas, y acariciando con sus manos la cara de su nieto, le reitera con exclamación, mostrando un gesto de tristeza y preocupación: ¡Qué mala es la soledad del que se siente y se ve solo cuando camina por los senderos que la vida le condiciona! Eso es, por desgracia, una realidad para muchas personas, hijo mío. ¡La sufrida soledad del abandono!

El abuelo se levanta, y de la mano con el nieto se dirigen a la ventana, y le dice: El viejo mendigo de la esperanza, hijo mío, -le comenta mirando la lejanía del paisaje -, es aquel que se aferra siempre a su mejor talismán, la fe, aunque, en su carrera por el tiempo, contemple que no todo es oro lo que reluce. El viejo mendigo de la esperanza está siempre amparado en su fe, en la fe de Cristo. Pero, mira lo que le oía decir con frecuencia, – le reitera con desaliento-, muchas veces, cuando, ese viejo mendigo de la esperanza, acudía a un templo y en él observaba la imagen de Cristo clavado en la cruz, meditabundo en profundidad, y muy cabizbajo, siempre se hacía esta pregunta: ¿Cómo es posible tener que contemplar al Cristo clavado en la cruz, ese enigmático misterio que nos hace reflexionar sobre la sacrificada muerte?

El abuelo, dirigiéndose a la mesa de su despacho, de un cajón saca un folio, y le pide al nieto que se acerque. Le dice que esas reflexiones las escribió tras la muerte de su esposa. El nieto se apoya sobre un reposabrazos del sillón donde su abuelo está sentado, y este, con pausa y serenidad, se las lee:

< El sufrimiento genera pena, dolor, humillación, y desesperanza. No satisface, no es honor ni gloria. El único honor y gloria es el compromiso desinteresado de ayudar al prójimo, demostrando siempre buena conducta, integridad de ánimo, y bondad de vida.

El sacrificio no es un placer, es amargura, es lo contrario a la felicidad. Con la felicidad nos entregamos, somos solidarios y misericordiosos. La persona alegre consigue una buena calidad de vida, y gracias a su felicidad nunca demuestra cabreo, apatía o desengaño, por muy pesada que sea la carga. Esa carga de la que nadie, por desgracia, está exento.

El sacrificio y el sufrimiento, que siempre van juntos, aniquilan el estado de bienestar y el estado de ánimo. Son dos cualidades negativas y estresantes para el cuerpo y para la mente, consiguiendo un daño que puede ser irreparable, si esos condicionantes se alargan en el tiempo. De lo contrario, la alegría y la felicidad, son dos cualidades positivas que contribuyen a un estado saludable de bienestar, logrando, con ello, la tan deseada felicidad, garante de calidad de vida>.

Como has podido comprobar, hijo mío, mis pensamientos coinciden con los del viejo mendigo de la esperanza, le dice al nieto, mientras guarda su folio en el cajón. Se levanta, y dando reiterativos paseos por el despacho, muy emocionado, mostrando un semblante que hacía intuir que estaba viviendo personalmente los consejos del viejo mendigo de la esperanza con esos relatos que le contaba a su nieto, lo atrae, una vez más hacia su cintura, y queriéndole trasmitir su estado emocional, intentando, a su vez, generar confianza, con amabilidad, le dice:

El viejo mendigo de la esperanza, en sus reiterativos mensajes, nunca fue partidario de la Imagen en la cruz. La cruz sin la imagen, mi cruz, como él la llamaba, debe representar el madero de la esperanza, un símbolo de fe que nos ayude a caminar por la vida. Mi cruz, decía, no ha de ser sinónimo de adversidad, sacrificio o sufrimiento, sino un símbolo de alegría, de paz, de concordia, fraternidad y felicidad. Nos ha de aportar beneficio, bienestar, prosperidad y progreso.

Esa era la opinión del viejo mendigo de la esperanza, una ilusión suya que comprobé cuando suplicaba con vehemencia ese desprendimiento del madero. Pare él, La Imagen, insistía, tiene que acompañar a sus seguidores compartiendo con ellos sus vivencias, y oyendo sus súplicas y plegarias en una oración compartida.

Yo, hijo mío, estoy de acuerdo con las ideas del viejo mendigo de la esperanza. La oración, -le exhortó a su nieto con firmeza-, ese icono de la fe, es el sueño del buen samaritano que quiere y desea que el ser humano, con su condición y su factor, sea cada día mejor, porque siempre he dicho que, esperar que todo salga bien, es tarea de una mente sana. Sólo los necios y los mentecatos desconfían del poder de la esperanza.