DR. ALFONSO CARPINTERO RENEDO
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Le agradezco de antemano la publicación de esta carta como un pequeño homenaje a un hombre que nos ha dejado hace poco y que para muchos profesionales sanitarios ha sido referencia en su forma de ser y trabajar. Digo profesionales sanitarios y no médicos, porque su influencia, en mi opinión, trasciende más allá de lo meramente módico, extendiéndose también a ATSs, auxiliares, celadores otros profesionales, todos aquellos que, de una u otra forma, han tenido contacto con él y su trabajo a lo largo de varias décadas en nuestra ciudad.
Por otro lado, aunque esta carta se publique en otro medios, deseo que, si es posible, quede constancia documental en nuestro Colegio como un reconocimiento hacia esta persona y al trabajo que ha desarrollado durante varias décadas en la Especialidad de Traumatología y C. Ortopédica. Constituyendo, a mi entender, uno de los pilares del desarrollo de la medicina moderna de Córdoba en la última mitad del Siglo XX. Figura que, quizás por su propia modestia, no lleguemos nunca a vislumbrar realmente y que ha formado a cirujanos que hoy desarrollan su actividad con gran prestigio y profesionalidad.
Se trata del Dr. Don Alfonso Carpintero Renedo, que ha fallecido después de una larga enfermedad, como tan 'eufemísticamente' hablamos ahora.
El otro día, en su funeral, nos encontramos muchas personas que hemos trabajado con él a lo largo de tantos años y todos coincidimos en la misma idea al saludarnos, aunque sin expresarlo con palabras, porque la emoción nos embargaba, sí con las miradas que cruzábamos, en la mayoría de los casos, llenas de lágrimas. Habíamos perdido a nuestro referente. Se nos había ido nuestro MAESTRO.
Digo maestro porque alguien definió esta figura no como el que enseña cosas, sino como aquella persona que despierta en sus discípulos la inquietud y las ganas de aprender, así como sirve de referente en la forma de realizar una tarea, para los antiguos, incluso la forma de vivir.
Creo que Alfonso Carpintero, «El Jefe» como muchos le llamábamos, define en todos los aspectos este término, el de MAESTRO, y pienso que todo el que lea estas letras y conozca su trayectoria, estará de acuerdo conmigo.
Yo sólo puedo hablar de los más de 20 años que he convivido con él y su trabajo. Hay personas cuyo contacto se acerca más de 40 años y podrían añadir muchos más detalles y comentarios que glosen su figura, tantos que no habría espacio en la publicación para llenarla.
Tan sólo quiero señalar cuatro detalles que creo resumen cuál era su talante y revelan la esencia de lo que deseo plasmar en mi carta
En primer lugar, recuerdo el primer día que tuve contacto con él siendo yo estudiante de medicina y él, el Jefe del Servicio de Traumatología del Hospital Provincial, antes de la integración del centro en el SAS, hace ya más de 20 anos. Recuerdo cómo explicaba aquella radiografía del pie y todos los que estábamos allí lo escuchábamos casi embobados. Fue el momento en que despertó en mi la inquietud y ganas de aprender la especialidad, como si fuera un flechazo. Yo quería aprender todo lo que aquél hombre sabía. También, ese mismo día me dijo estas palabras: «A ver si ese chico no se queda callado y pregunta todo lo que haga falta para que aprendamos todos». Desde entonces nunca me he guardado una pregunta por tonta que pudiera parecer.
En segundo lugar, recuerdo el trato que tenía hacia los pacientes, cómo les cogía las manos cuando hablaba con ellos y la seguridad y confianza que les inspiraba. Me viene a la mente sobre todo un señor al que hubo que amputarle una pierna. La forma de hablar con aquél enfermo y la mirada del hombre reflejaban exactamente la relación que ha de existir entre el módico y su paciente, y viceversa.
El gesto de coger la mano falta mucho en nuestra profesión donde la alta tecnología y muchos intereses externos a lo que el binomio médico-paciente significa enturbian y entorpecen esta relación.
Mi tercer recuerdo es cuando le comuniqué que iba a ser traumatólogo, que había sacado el MIR. Nunca olvidaré sus comentarios. Me señaló la suerte que tenía por poder formarme en otro sitio, además de con él, y que no rechazara nunca las enseñanzas de otros colegas. Consideraba que yo era un privilegiado por la cantidad de conocimientos que podría adquirir, además de los que él me había inculcado. Además me indicó la responsabilidad que eso suponía
Pienso que una mente tan abierta y preclara pocas veces se puede encontrar.
Finalmente, como último detalle, quiero reseñar cómo ha vivido esta larga enfermedad que nos lo ha quitado. Ha aceptado el proceso cómo únicamente los grandes hombres son capaces de hacerlo. En ningún momento ha perdido la sonrisa. Hasta casi el final ha seguido estudiando y haciendo proyectos, aun sabiendo que no los culminaría
Sólo destacar la última conversación que tuve con él, en su cama de hospital. Me dijo que a todos nos llega nuestra hora tarde o temprano y que tenemos que luchar contra la enfermedad (en este caso la suya) de la mejor manera posible. El me dijo, con una enorme sonrisa, que pensaba que lo estaba afrontando «bastante decentemente». Yo le contesté que no era decencia, sino con «UNA GALLARDÍA INIGUALABLE» lo que estaba haciendo. Me contestó que estaba de acuerdo con esa palabra, gallardía
El último día que lo vi, rodeado de su familia, con sus nietos, todavía perfectamente consciente, me regaló una gran sonrisa, de despedida, que es la que me ha quedado para siempre en el corazón.
Resulta que este hombre, además de enseñamos unas técnicas, una profesión, nos ha enseñado a vivir y, como última lección magistral, nos ha mostrado cómo hay que morir, saber morir con dignidad y... Gallardía
En este mundo donde los referentes que nos llegan y llegan a nuestros hijos están llenos de superficialidad y materialismo inútiles, creo que estamos obligados a destacar y resaltar a personas como ésta que son ejemplo de cómo tenemos que conducirnos en la vida.
Estoy seguro de que cuando esto se lea, algunos le restarán importancia y otros incluso lo criticarán, porque obviamente también tuvo sus defectos y errores, pero todo el que lo conoció con cierta profundidad, de alguna forma coincidirá conmigo, y todos los que estuvimos con él debemos hacemos dignos de sus enseñanzas y su magisterio.
Finalmente, espero que desde donde esté nos siga impulsando e inspirando en el quehacer de nuestras vidas.
Descansa en paz Alfonso.
Hasta siempre MAESTRO.
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